
El 30 de enero 2026, caminábamos por las calles de Bogotá hacia la embajada turca en solidaridad con el pueblo kurdo, que lanza un llamado colectivo a la resistencia, pidiendo unir nuestras fuerzas y hacer nuestra su lucha. Kobanê, un símbolo de esperanza y resistencia para el mundo, que acababa de celebrar los 11 años de su autonomía, se encuentra hoy asediada y atacada por las tropas del gobierno ultraconservador sirio de Ahmed al-Shaara, apoyado por milicias turcas y la complicidad tácita de potencias clave como Estados Unidos e Israel. Estas potencias coloniales apuntan directamente a aniquilar el proyecto de la Administración Autónoma del Norte y Este de Siria (AANES), a través de los últimos ataques utilizando y manipulado a fuerzas como el ISIS para debilitar su proyecto emancipador, un ejemplo de autoorganización democrática que permite a las mujeres recuperar el control sobre sus derechos reproductivos de la vida.
El último ataque, surgió en enero tras una reunión en París entre delegaciones sirias e israelíes, mediada por EEUU y con participación turca, pero sin consultar al pueblo kurdo. El resultado fue el fin del apoyo estadounidense a las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) —que lideraron la lucha terrestre contra el ISIS—. Aunque esta caída parezca repentina fue el resultado de un cambio estratégico profundo en los intereses de las potencias clave. Turquía se alineó con los enemigos de la AANES para lograr su objetivo: impedir un ente político kurdo en su frontera. De esta manera, aceptó no obstaculizar las operaciones israelíes en el sur de Siria a cambio de que EEUU retirara su apoyo a las FDS y bloqueara su integración en el ejército sirio. Estados Unidos e Israel, encontraron en Ahmed al-Sharaa, exlíder yihadista, un socio más conveniente, porque ofrecía un gobierno estable en Damasco, predecible, sin desafiar la seguridad israelí y abierto al capital global, a diferencia del eje de resistencia. Este giro no es casual, sino que responde a una lógica histórica de instrumentalización del extremismo.
Por ejemplo, durante la guerra contra el ISIS (principalmente entre 2014 y 2019), las potencias occidentales y regionales permitieron que el grupo se expandiera. En particular, Turquía utilizó el flujo de combatientes yihadistas a través de su frontera para lograr sus intereses geopolíticos, atacando así, simultáneamente a las Unidades de Protección Popular (YPG) kurdas —el núcleo de las FDS—. En enero de este año, la financianción a los herederos ideológicos y militares del ISIS, la otorga la complicidad europea con un apoyo económico de 620 millones de euros al gobierno de al-Shaara, siempre que este gobierno garantice: la estabilidad fronteriza para Israel, la contención del proyecto kurdo para evitar la expansión de un modelo democrático que desafíe a Turquía y al autoritarismo regional, y el acceso al capital global en Siria (contrarrestando el modelo de autogestión de la AANES). El ISIS, o sus remanentes, siguen siendo útiles como amenaza que justifica intervenciones, pero también como fuerza de choque contra proyectos alternativos. Ante los intereses geopolíticos de Shaara y las potencias clave, el pueblo kurdo quedó expuesto, sin garantías, forzado a integrarse en un estado sirio unificado sin estatus político propio. Por tanto, este ataque, es un ataque político deliberado contra el derecho de los pueblos a la autodeterminación.
Volviendo a la acción el 30 de enero, sobre el asfalto se podía leer: “Desde Abya Yala, defender Kurdistán es defender la vida”. Es decir, el llamado kurdo trasciende fronteras: es un grito contra la lógica colonial, capitalista y patriarcal que sacrifica pueblos en el altar de la «estabilidad». Como lo plantea la filosofía del movimiento de mujeres kurdas —con la liberación de la mujer como pilar— es imperativo que reconozcamos a nuestros enemigos comunes y nuestros horizontes compartidos, para tejer vínculos organizativos entre distintas comunidades en resistencia alrededor del mundo y revivir los valores que nos ha arrebatado la institucionalización del patriarcado y del capitalismo.
La solidaridad desde Abya Yala no es retórica: es el reconocimiento de que el ataque a Kobanê es un ataque a todos los pueblos que defienden la tierra, el cuerpo y la autonomía frente al capital extractivo. Las potencias que usaron el ISIS como ariete ahora usan a sus sucesores para enterrar la esperanza kurda. Nuestra memoria colectiva debe recordar quiénes armaron, financiaron y permitieron el ascenso del horror yihadista para luego presentarse como salvadores.
Kurdistán no cae. Se multiplica. Y junto a ella el internacionalismo. En cada consigna en Bogotá y en Euskal Herria, en cada red de mujeres que teje resistencia, en cada comunidad que entiende que nuestras luchas son comunes, reanimando nuestras memorias colectivas de resistencia.

