Frente al falso “remanso de paz”: comunidades organizadas por la vida y el poder popular

Publicado por Colombia Informa

¿Cuántas veces hemos escuchado eso de «Boyacá, remanso de paz»? Pues no lo es. Lo constatamos las más de cuarenta personas que participamos en la Caravana Humanitaria por la Vida, los Derechos Humanos y la Permanencia en el Territorio.

¿Y cuántas de nosotras tenemos esa idea en nuestro imaginario? La Caravana, realizada el 8 y 9 de mayo de 2026, nos permitió ver, escuchar y sentir que Boyacá no se puede definir como un remanso de paz, porque, al igual que tantas otras regiones de Colombia, está atravesada por la guerra.

Las excusas sobran

El hecho de que solo dos instituciones acompañaran el recorrido —el Ministerio del Interior y el Ministerio de Trabajo— ya dice mucho del abandono estatal que sufren las comunidades de Boyacá y Casanare. Instamos a ambos ministerios a que cumplan los compromisos surgidos de cada una de las denuncias y peticiones recogidas en la Caravana.

En cambio, las organizaciones sociales, campesinas, juveniles, estudiantiles, sindicales, de mujeres, comunales, de defensa de los derechos humanos e indígenas de Boyacá, Casanare e internacionales aunamos esfuerzos para conocer de manera directa las condiciones de vida de las comunidades en Duitama, Belén, Paz del Río, Socha y La Salina.

Caracterizamos, sistematizamos y evidenciamos la crisis humanitaria que enfrentan estas poblaciones, y documentamos las violaciones a los derechos humanos y las infracciones al derecho internacional humanitario. Es decir, materializamos nuestra voluntad de llegar a los territorios históricamente abandonados por el Estado, con infinitamente menos recursos y facilidades. Las excusas sobran cuando la voluntad es firme.

Persecución

¿Será casualidad la persecución a las maestras y los maestros organizados? Claro que no. Su labor en la sociedad es fundamental, pues son el ejemplo diario para miles de niñas, niños y jóvenes del mundo. ¿Será más bien por eso que, cuando defienden sus derechos sindicales, reciben amenazas y violaciones? Claro que sí.

En Duitama, por ejemplo, evidenciamos el incumplimiento de sus derechos sindicales: se producen traslados arbitrarios sin respetar el tiempo mínimo estipulado (tres años), se les acusa falsamente de pertenecer a las Águilas Negras, no se garantizan las condiciones para realizar sus tareas sindicales o se incumple el pliego presentado ante el Ministerio de Trabajo.

Si las maestras y los maestros organizados reciben tanta estigmatización, es porque lo están haciendo bien. En un sistema y modelo educativo que busca formar alumnas y alumnos para que se adapten al sistema capitalista, y cuya mayor preocupación es su productividad futura —no desarrollar un pensamiento crítico que permita transformar todo lo injusto de la sociedad—, un maestro o una maestra sindicalizada que defiende sus derechos resulta una amenaza.

Militarización

Al igual que las maestras, las organizaciones de derechos humanos denuncian que en Tunja y territorios aledaños se han prohibido las actividades cívico-populares que no cuenten con acompañamiento de la fuerza pública. Ya se realizaron al menos ocho de estas actividades, incluso por iniciativa militar o policial.

¿Acaso se les ha olvidado la sentencia T-005 del 22 de enero de 2024 de la Corte Constitucional, que prohíbe las actividades con actores armados en zonas de conflicto porque fomenta el reclutamiento de niñas, niños y adolescentes? Como dicen por ahí: «pa’ pensar»… Y añado: «pa’ actuar».

Estas funciones no corresponden ni a la policía ni al ejército. En cambio, son las organizaciones sociales las que toman este tipo de iniciativas para generar espacios de construcción de paz para la infancia y la juventud.

Desinterés estatal

Las administraciones invitadas que debían estar presentes en los espacios de denuncia impulsados por la Caravana simplemente no asistieron, como ocurrió en Belén y en La Salina. No hay mayor ciego que quien no quiere ver, ni mayor sordo que quien no quiere escuchar, y así podría seguir con todos los sentidos del cuerpo, hasta llegar al sentido común.

¿Qué tanta amenaza puede representar una radio comunitaria? Pues para «algunos», mucha, porque es una forma de llevar el pensamiento crítico, la palabra y la risa a sus oyentes. Y si a «algunos» no les gusta lo que escuchan porque va contra los intereses que defienden (que ni siquiera tienen por qué ser los que les benefician), hacen como en Belén: atacan a Tundama NM Estéreo y cortan las antenas el Viernes Santo.

Lo mismo ocurre con la Junta de Acción Comunal, capaz de movilizar y promover acciones por el bien general de la comunidad. A esos «algunos» que tampoco les gusta esa construcción de poder popular, ni aunque les beneficie, se vuelven tan valientes como «Abelardo» —nótese la ironía— y asesinan a las mascotas del presidente de la junta, justo el día antes de la llegada de la Caravana. A esto se suman las constantes amenazas que recibe.

Sembrar esperanza

Pero en esta historia hay muchos y muchas valientes, que ni matan perritos indefensos ni cortan antenas en la noche mientras el pueblo festeja.

Las y los valientes son todas y todos los que, a pesar del terror que «algunos» quieren sembrar, deciden cada mañana sembrar esperanza: reconstruyen la antena de la radio, se llenan de valentía para hablar y denunciar pese a las amenazas, se movilizan para defender la educación frente a un colegio que se cae a pedazos.

Es decir, la comunidad organizada que insiste y persiste, impulsada por el amor, en su accionar comunitario para construir un futuro por la vida y la alegría.

Cascada de guerra

En torno a la minería en Paz del Río y Socha, nos topamos con todo lo contrario a un «remanso de paz»; lo que vimos y escuchamos se define como una «cascada de guerra».

Hay desplazamientos forzados por fuerzas represivas del Estado, personas de la comunidad detenidas por protestar contra la mina, condiciones de explotación laboral para los trabajadores y trabajadoras mineras, bocaminas en el páramo de Pisba.

Igualmente, destrucción de fincas de habitantes de la comunidad por deslizamientos de hasta más de ochenta metros y más de mil toneladas de tierra, cúmulos de estériles (residuos infértiles de la minería), aguas contaminadas que ya son las únicas accesibles. Y cuando pensábamos que eso era lo peor, las comunidades nos cuentan que los obreros que mueren en la mina por las pésimas condiciones de seguridad y salud en el trabajo —es decir, por negligencia de la empresa— son abandonados en los bordes de las vías, simulando que la causa fueron accidentes de tránsito. Es de lo más inhumano y mezquino. ¿Dónde están las autoridades competentes para controlar semejante barbarie? ¿Hasta cuándo permitirán que las empresas mineras sigan actuando con tal impunidad?

El alcalde de Paz de Río, que pudo haber estado presente en el espacio y no lo hizo, trabajaba antes en la Agencia Nacional de Minería. Oh, qué casualidad —claro que sus intereses se alinean con los de la comunidad, nótese la ironía—. Corpoboyacá y Corpoorinoquía otorgan las licencias de explotación minera, pero están totalmente ausentes en los debidos controles. Con una rápida búsqueda en internet, se ve cómo se jactan de fomentar la minería «bien» hecha, literal. Y yo me pregunto: ¿Esta es para ellos la minería «bien» hecha, la de los asesinatos, desplazamientos forzosos, envenenamiento de la comunidad a través del agua? ¿Cómo será, según su criterio, la minería «mal» hecha?

En medio de toda esta barbarie impuesta por empresas capitalistas y con la complicidad de las administraciones, la comunidad organizada demuestra una vez más su fuerza, valentía y determinación. Porque, a pesar de tener la voz rota y la mirada cansada, siguen construyendo esperanza incansablemente: organizan el espacio para encontrarnos, hablan de todas las violencias que padecen, se dan fuerzas para seguir, cuidan los ríos y las montañas, entre muchos otros ejemplos.

Una vez más, una comunidad que nos comparte su lucha nos demuestra que unidos somos más fuertes, y nos da inspiración y aliento para seguir avanzando en la transformación de la sociedad hasta conquistar la vida digna.

Represión de liderazgos

La última comunidad con la que nos encontramos fue la de La Salina (Casanare). Sentimos la zozobra nada más llegar, y también el miedo y la impotencia. Cuando la comunidad habló, empezamos a comprender por qué.

Las fuerzas represivas del Estado realizaron allanamientos ilegales y arbitrarios en las viviendas de tres líderes y lideresas sociales, y también perfilaron, amedrentaron, siguieron y vigilaron al pueblo ancestral U’wa en la vereda Rionegro. Han asesinado a tres campesinos y la comunidad no sabe quién fue ni con qué motivo, y hay un campesino desaparecido desde el 22 de abril.

Además, los liderazgos sociales reciben llamadas y mensajes en sus celulares personales con acusaciones falsas y amenazas. Todo ello alarmó al pueblo.

Desde que la comunidad sufre estas violencias, denuncia que también aparecen personas ajenas al territorio, que se hacen pasar por turistas y se comportan de manera sospechosa.

El mismo día del encuentro sucedió. Dos personas vestidas igual —jeans y botas negras— que llegaron en una moto empezaron a sacar fotos a quienes nos reuníamos en la plaza.

Como habíamos pedido expresamente que no se tomaran fotos debido al riesgo que sufre la comunidad, el equipo de derechos humanos fue a hablar con ellas. Ellas repetían el mismo discurso: decían que eran turistas, pero lo único que hicieron fue sacar fotos y sentarse en un banco algo retirado; al preguntarles qué las había traído como turistas, no supieron qué responder. Aun así, siguieron ahí, y al irse volvieron a tomarnos fotos. En el camino de vuelta también sufrimos seguimiento y perfilamiento de actores desconocidos.

TECAM: una alternativa de la comunidad

Y una vez más —y las que hagan falta—, la comunidad se organiza, tiene sus propios ejercicios de creación de poder popular y resistencia, como la cooperativa de café Salinero, la tienda comunitaria, las Juntas de Acción Comunal, la asociación de mujeres o el TECAM Renacer Salinero.

El Territorio Campesino Agroalimentari (TECAM) avanza como una apuesta popular por la soberanía alimentaria y la agroecología, enfrenta el despojo y las amenazas al territorio, y demuestra que la dignidad no se mendiga: se construye colectivamente.

En cada radio comunitaria rearmada, en cada junta de acción comunal que se moviliza pese al terror, en cada TECAM que apuesta por la agroecología frente al despojo, en cada maestra amenazada que sigue enseñando pensamiento crítico, las comunidades organizadas nos han demostrado que su voluntad de transformación es más fuerte que el miedo que «algunos» intentan sembrar.

Este es un momento para redoblar la apuesta. Porque lo que nos han enseñado en Duitama, Belén, Paz del Río, Socha y La Salina es que la esperanza no es un sentimiento pasivo: es una práctica colectiva y cotidiana. Es la certeza de que, contra toda lógica capitalista que aísla y compite, nos seguiremos encontrando, escuchando, cuidando y, por supuesto, seguiremos luchando juntas. Hasta que cada territorio sea verdaderamente un remanso de paz, no pararemos.

¡Viva la comunidad organizada!
¡Viva la lucha por la vida y el territorio!

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