Miradas del Catatumbo: Tierra Quemada [Parte 1]

19 mar. Colombia Informa.- “No somos los dueños de esta tierra, pero somos los dueños de la memoria. Hemos resistido antes y podemos hacerlo de nuevo”; dice Giovanni* mientras observa las montañas sin nombre y los profundos pero escarpados cañones que atraviesan el Catatumbo. Detrás suyo, en la puerta de una pequeña escuela construida de adobe y hojas de hojalata, otros campesinos bajan de sus caballos, cuelgan sus machetes y se preparan para la reunión.

Por Paul Salgado*. Los abogados del Equipo Jurídico Pueblos -EJP- y los líderes de organizaciones campesinas, acompañados por los observadores internacionales de la Red de Hermandad y Solidaridad, habían caminado durante horas por caminos rocosos, atravesando numerosos retenes militares, mientras cruzaban a pie la montaña que marca la frontera entre el César y Norte de Santander.

Giovanni* tiene la piel de sus manos desgarrada y cubierta por ampollas causadas por el corte de la caña. “Vine aquí porque la vida en estas montañas es más solidaria aquí. No pienso en irme porque, aunque hay incertidumbre, también aquí hay tranquilidad”, dice mientras narra cómo fue desplazado de su hogar en la costa caribeña debido a la violencia paramilitar.

En el Catatumbo los días parecen ser cortos; allí la tierra cae precipitadamente hacia quebradas caudalosas de agua clara y rápida. El sol se asoma al este, sobre Venezuela, y toma tiempo para despejar el espesor del bosque nuboso; luego se refleja en los techos de hojalata de las fincas dispersas, agarrando a los caminos de herradura que han sido atravesados por caballos y mulas.

La abundancia de los bienes naturales presentes en el Catatumbo es excepcional, incluso para los estándares colombianos. Los bosques tropicales, los ríos y las montañas de este territorio albergan una sorprendente diversidad de vida silvestre, plantas exóticas y minerales, así como grandes cantidades de carbón y petróleo.

Al igual que en Irak, Libia y Siria, estas materias primas son altamente codiciadas por corporaciones multinacionales, cuya búsqueda desenfrenada de las ganancias privadas extraídas de la tierra ha traído consigo a la sombra de la muerte: grupos paramilitares, guerra y asesinatos.

La violencia no fue la causa únicamente de la casi extinción de los indígenas Barí, sino que también ha provocado el desplazamiento de campesinos, tanto colombianos como venezolanos, en todo el Catatumbo.

“Estamos en una guerra”, enfatizó Rommel Durán, abogado del EJP; “ustedes están sufriendo una constante militarización y estigmatización porque su tierra es muy rica”. Durán explicó que “las comunidades están inmersas en un contexto de violaciones sistemáticas al Derecho Internacional Humanitario -DIH- y de los Derechos Humanos; el campesinado afronta un alto riesgo de desaparición”.

Asimismo se abordó el tema de la legalización de la tierra como una estrategia del Estado para acabar con el campesinado. Luego de estar formalizada la propiedad, se impondrán impuestos que el campesino no podrá pagar debido a su alto costo y así los juicios legales serán la excusa para despojar a los propietarios.

“El ejército no es una solución para la pobreza o la miseria”, concluyó Castellano. La alta militarización de la región se evidenció a lo largo de la Misión; en una ocasión un grupo de soldados colombianos interrogaron a un observador internacional en un retén, con el fin de obtener información sobre la reunión de los campesinos.

Asimismo, la estigmatización en la región es constante. Un oficial del ejército afirmó que las organizaciones internacionales que asistían a los campesinos eran ‘comunistas’ y que cualquier ayuda financiera que se otorgara a sus organizaciones comunitarias se entregaba directamente a los guerrilleros.

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En el Catatumbo hay presencia de distintos grupos armados. Los enfrentamientos entre el EPL y el ELN se han intensificado desde el año pasado, sumado también a la militarización que se materializa en el aumento de soldados del Ejército Nacional.

Actualmente el ELN es la única insurgencia alzada en armas, luego de que las FARC firmara el Acuerdo de Paz con el Gobierno. Este hecho, que además fue celebrado en en las capitales extranjeras y por una prensa internacional inquisitiva, no ha significado un gran cambio para los territorios colombianos, incluyendo a los indígenas y campesinos del Catatumbo.

La militarización continúa siendo la única presencia del Estado en la región. Esto intensifica aún más la estigmatización y el abandono, dificultando las condiciones para que se puedan desempeñar las labores campesinas con efectividad.

Giovanni* dirige su mirada hacia un trozo de selva ardiente en la ladera opuesta y explica que la tierra se estaba ‘limpiando’ en preparación para cultivar coca. “No hace mucho tiempo aquí se cultivaban café, chocolate, plátano, aguacate y muchas frutas”.

“Tengo 43 años aquí y nosotros teníamos todo lo que necesitábamos, todos comíamos bien de lo que crecimos; pero desde hace quince años, con los paramilitares vino la coca”, agrega Angela*, una campesina que participaba de la discusión.

“Para los campesinos, los precios pagados por la coca son mucho más que por el café o el plátano; además, da un mayor rendimiento por menos hectáreas y hay más cosechas cada año” explica. “Los campesinos no necesitan viajar por días para llevar café al mercado o pagarles a los arrieros la mitad del valor de su cosecha para que lo hagan, porque las mafias vienen directamente al campesino para comprar coca”.

Según Giovanni, “En la ciudad la pobreza es desesperada, y los que están allá están desconectados de la tierra, piensan de manera individual. Aunque aquí el estado nos olvida -no hay electricidad, carretera ni clínicas médicas-, al menos podemos organizarnos colectivamente para tratar de lograr una vida digna”.

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A pesar de los enfrentamientos armados y los intentos de intervención militar, las comunidades del Alto Bobalí en Norte de Santander, a solo dos kilómetros de la frontera con Venezuela, se han organizado a partir de las Juntas de Acción Comunal.

Con la idea de la autodeterminación y autonomía de los territorios, los campesinos de la Coordinadora Nacional Agraria -CNA- y el Movimiento de trabajadores y campesinos del Cesar -MTCC-, han tomado la iniciativa de construir carreteras y escuelas, así como buscar alternativas para lograr la diversificación de sus cultivos.

“Los campesinos del Catatumbo tienen que cultivar coca para sobrevivir”, señala Rommel Durán, “pero son los narcos los que se llevan las ganancias y dejan a las familias aquí en la pobreza”.

David*, integrante del MTCC, afirma que “hay una conciencia de que es necesario cambiar, especialmente porque la presencia de la coca es una excusa para que los militares ataquen. El estado quiere terminar con el campesinado y se niega incluso a reconocernos”.

“Ser campesina es una convicción”, reconoce Jennifer, activista del Congreso de los Pueblos. Insiste en el carácter político que tiene el cultivo de alimentos y del pancoger, pues el autoabastecimiento posibilitó resistir en el territorio. En este sentido, la diversificación de cultivos, el trueque y el apoyo al mercado local “son actos de resistencia que fortalecen la autonomía campesina”.

A pesar de que poco a poco se desvanece la luz del sol, los campesinos continúan intercambiando ideas y propuestas para sustituir la coca: Cultivar maíz para engordar cerdos y vender la carne, contactar a los campesinos en Venezuela para hacer trueques, vacas, panela artesanal y la cosecha de frutos, fueron algunas de las ideas que surgieron en este espacio.

En la oscuridad de la escuela, que aún carece de electricidad, la discusión se enfocó en organizar una cooperativa para compartir recursos, una minga para colectivizar el trabajo de las cosechas y en construir un horno comunal para hornear pan.

María*, una campesina de la región, enfatizó que “aunque tenemos muchos problemas para nosotros es un compromiso, una vida de humildad, valor y fortaleza. Hemos tenido experiencia de autonomía, de autosuficiencia, del trabajo colectivo de una minga, pero el estado nos menosprecia y nos estigmatiza como guerrilleros o narcos, precisamente por nuestra fortaleza e independencia”.

“La lucha está aquí”, concluyó Giovanni*; “la lucha comienza aquí, con solidaridad entre todos nosotros en estas montañas y con la esperanza de que todos compartamos”.

*Paul Salgado es corresponsal de Colombia Informa y hace parte de La Red de Solidaridad y Hermandad con Colombia.

*Los nombres fueron cambiados a petición de las fuentes.

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