Sí, el feminismo es anticapitalista

11/03/2018

El 8M de este año ha suscitado polémica, deseos de desmarcarse de la convocatoria de huelga por parte de las fuerzas liberales y conservadoras. Se la ha tildado de ideológica, se ha dicho que esta movilización, tal y como ha sido expresada, divide a las mujeres. Incluso se la ha denominado como “anticapitalista”, por su manifiesto, pero probablemente también por el uso de la huelga como herramienta, que esta vez es sindical –laboral– pero también reproductiva o social, lo que sin duda la vincula demasiado explícitamente a la clase, por lo menos para los partidos españoles de derechas PP y Cs.

Esta huelga, como huelga de mujeres, no es una novedad. En concreto se enmarca en dos tradiciones y dos tipos de huelgas de mujeres, las del movimiento obrero y las del feminismo de los años 70: ambas, a todas luces, anticapitalistas.

Sobre el primer marco obrero y tan solo haciendo mención a las huelgas masculinas, estas requerían del apoyo reproductivo de las mujeres, de la famosa socialización del cuidado, a fin de resistir a las jornadas sin ingresos y la vida entre piquetes permanentes. A menudo, se olvida que dentro del propio movimiento obrero y aunque no siempre las mujeres estuviesen en primera línea, la responsabilidad de las mismas en la reproducción de la vida, y en este caso, la de una comunidad obrera en lucha, conllevaba un empoderamiento femenino durante el proceso. Aunque este solía reconducirse a casa “convenientemente”, una vez finalizado el conflicto, se hacía presente en él como capacidad organizativa y cooperación entre los sexos, trastocando las jerarquías habituales. También recientemente, hemos podido comprobar como algunas luchas obreras hoy dan a las mujeres un destacado papel de portavocía en calidad de representantes de la comunidad. Es el caso de Coca-Cola en Lucha o de la “Marcha Negra” de los mineros en 2012.

Las huelgas obreras femeninas –sobre todo en el sector textil– tenían un objetivo, destacar constantemente la conexión del trabajo fabril y el trabajo reproductivo que afectaba a las mujeres trabajadoras. Éste es el caso, por ejemplo, de la huelga de las camiseras de 1910 en Nueva York, que se extendió como la pólvora y que es conocida como el “Levantamiento de las 20.000”, la mayor huelga de mujeres hasta la fecha en los Estados Unidos. Algunas de sus demandas, como el acortamiento de las jornadas o el tiempo demandado para lactancia evidenciaban los primeros intentos de conciliación de la condición obrera con el deber maternal. Y siempre exigían además igualdad con los varones en la retribución del trabajo, sin tomar en consideración ese papel falsamente subsidiario de madre, y por tanto, no de trabajadora plena. Una demanda que continúa hoy, tras más de 100 años de lucha.

Pero otras veces, esa conexión entre trabajo fabril y reproductivo se enunciaba como una capacidad de desbordar o desafiar los lugares asignados y las subordinaciones conocidas. Frecuentemente, cuando las obreras del textil entraban en conflicto no solo ganaban capacidad de autoorganización política, sino también conciencia de que su condición requería afrontar la socialización de los cuidados y el reconocimiento de lo imprescindible del trabajo reproductivo, no como obligación de las mujeres, sino como obligación de la sociedad, para que las mujeres pudiesen acceder a la esfera pública. Así, a partir de la huelga de las obreras de Lawrence en 1912 conocida como del “Pan y las rosas”, cuyas protagonistas eran además en su mayoría jóvenes y migrantes, se organizaron en el sector textil guarderías, comedores comunitarios y escuelas. Contó con el apoyo de la Industrial Workers of the World (IWW), un sindicato anarquista que, frente al sindicato más extendido y tradicional, la Federación Estadounidense del Trabajo (AFL). El IWW apoyó estas movilizaciones porque entendía que la “unidad de clase” incluía también a las mujeres y a los migrantes, colectivos a los que la AFL se negaba a afiliar, para evitar la competencia y el abaratamiento de la mano de obra masculina autóctona. Además, en el comité de huelga, se insistía en la autonomía política de las mujeres y se fomentaba la participación de las mujeres como absolutamente necesaria. La huelga de 1912 culminaría con la aplicación de la jornada reducida, el aumento de salarios y el reconocimiento de los sindicatos. Es un hito, y específicamente femenino, en la historia de las victorias obreras.

La huelga de 1912 culminaría con la aplicación de la jornada reducida, el aumento de salarios y el reconocimiento de los sindicatos. Es un hito, y específicamente femenino, en la historia de las victorias obreras

La Organización Nacional de Mujeres (NOW) convocó a una huelga en EEUU durante el 1970, en conmemoración de las sufragistas que en su última fase de lucha también quisieron llevar a cabo una confrontación huelguística. Durante la jornada de paro, la ciudad de Manhattan constató en esa masa de mujeres de distintas razas y procedencias sociales la existencia de un movimiento con sus propios objetivos, muy concretos, y muy parecidos a los de hoy: la igualdad de los salarios y la socialización de los cuidados –pedían guarderías 24 horas–. Otro de los elementos era el control reproductivo sobre el propio cuerpo: aborto libre, “gratis e inmediato”.

Islandia

Ya en 1975 la huelga de mujeres en Islandia denunciaba la brecha salarial, pero también buscaba la visibilización de los cuidados y su reconocimiento como trabajo. La huelga islandesa que concluyó con muchos logros en políticas de género, se convirtió en un modelo a seguir de largo alcance. Así, en 2016 en Polonia contra el decreto que prohibía el aborto en todos los casos, el cual se logró derogar. El ejemplo islandés es sin duda también modélico para este 8M.

No hubo convocatoria oficial de huelga, las Redstockings islandesas idearon un “día libre de las mujeres”. Durante esa emocionante jornada, las mujeres dejaron de ir a los centros de trabajo, pero también dejaron de cuidar. Con un noventa por ciento de seguimiento femenino de la huelga se paralizó el país: no hubo prensa, pues las tipógrafas pararon, tampoco servicio telefónico. Los vuelos se cancelaron porque ninguna azafatas se presentó, las escuelas tuvieron que cerrar y también las factorías de pescado… Sin mujeres que se hicieran cargo de los niños, los hombres tuvieron que llevar a sus hijos a las fábricas y a las oficinas. Fue cansado, fue duro, fue pesado, fue –para ellos– el llamado “viernes largo”. ¿Cómo de largos se nos hacen los días de la doble jornada? ¿Y cómo de precarios?

En efecto. Aunque una concesión a “no separar” o “dividir” (como dicen las conservadoras) obligue a hablar de un desarrollo profesional igual al de los varones, en realidad, la brecha salarial que se denuncia este 8M consiste sobre todo en la precariedad de quien asume los cuidados sobre sus hombros, no el techo de cristal de quien los salariza y descarga, a menudo sobre una mujer migrante malpagada y sin derechos.

No, el feminismo no es de clase media –ni liberal ni burgués–, ni siquiera cuando lo organiza puntualmente una organización liberal como NOW. Es así por lo menos desde el feminismo de segunda ola y lo descubrimos en su preocupación por los cuidados por sí mismos, y no como mero medio de acceso a la producción de mercancías en el mercado en igualdad con los varones. La huelga también es una huelga de cuidados, una potencia en la que cabría ahondar más. Las huelgas reproductivas (de cuidados) han sido una constante en las luchas de mujeres, a veces incluso en forma de huelgas de sexo, como en Liberia en 2002 cuyo objetivo tenía parar la guerra. Otro caso exitoso. Pero la recientemente convocada huelga social, aún incompleta y precisada quizá de un mayor desarrollo de lazos comunitarios, pone en cuestión de modo explícito “la invisibilización del trabajo doméstico” dentro del “capitalismo”, molesta implicación ideológica que es probablemente la que más ampollas levante entre los actuales críticos del este 8M.

Las huelgas reproductivas (de cuidados) han sido una constante en las luchas de mujeres, a veces incluso en forma de huelgas de sexo, como en Liberia en 2002

Poner la vida en el centro

En los años 70 se empezó a comprender la centralidad de ese conflicto: cuidado –o reproducción de la vida– frente a capital, a través de una certera revisión del marxismo. Se dijo, como en Islandia: “No cuidamos, hoy paramos en nuestras casas, hoy hacemos la revolución desde nuestras cocinas.” Porque los cuidados no se hacen por amor, es un trabajo necesario socialmente, pero no una obligación/inclinación de la naturaleza femenina. No es lo “no productivo” frente al trabajo productivo –el que produce mercancías–; es trabajo no-pagado y que se debería pagar, no reconocido como tal porque está naturalizado. Sin embargo, es productivo, pese a la negación capitalista. Porque produce una mercancía, la más importante: el trabajo, la fuerza de trabajo que se vende en el mercado.

Histórica manifestación del 8 de marzo 2018 en Zaragoza (Estado Español)

¿Y quién quiere ser una mercancía? Ahora bien, aquí y ahora, ¿hay alguien que no lo sea? Y si no llegamos a serlo en este mundo en que no vale la vida, sino cada vez más eso y sólo eso –las mercancías–, y ante la escasez estructural del trabajo ¡qué elementos sociales más inservibles y olvidados seremos!

Vale la pena pensarlo: ¿qué pasaría si se ponen los cuidados, la vida y su reproducción, en el centro? ¿Cómo pagaría todo ese trabajo de cuidados el capital, como lo socializaría, cómo acumularía riqueza a nuestra costa? ¿Cómo seguiría siendo la vida una mercancía? Si asumimos que todos damos y recibimos afecto, que todos recibimos cuidados o deberíamos recibirlos, y que todos debemos cuidar; si valorizamos esa vulnerabilidad constitutiva y exigimos que el trabajo que se hace cargo de ella, que es social, que es de todos, se retribuya socialmente ¿cómo continuaría el sometimiento a la cadena del salario? ¿Y si la valorización y visibilización del trabajo de cuidados nos revela que no queremos conciliar con el tiempo de trabajo del salario? ¿Y si no queremos conciliaciones con… el capital?

El feminismo en sus formas avanzadas, como auténtico movimiento, pone la vida –tu vida, nuestras vidas– en el centro. Es tendencialmente revolucionario. Sigue un recorrido histórico consecuente. Lo hemos heredado, y lo seguiremos profundizando: se llama anticapitalismo.

Fernanda Rodríguez. Filósofa especializada en temas de género. @fernandarlop
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