El libro de los hornos crematorios de los paras que se llevó el Simón Bolívar

Por Colaborador Pacifista Publicado Noviembre 10, 2017 En Historias Todas las fotos por Javier Osuna. Tomadas del libro ‘Me hablarás del fuego, los hornos de la infamia‘ Este es el prólogo del libro ‘Me hablarás del fuego, los hornos de la infamia’ escrito por Javier Osuna y publicado en el año 2015. Por esta obra, Osuna recibió el pasado jueves 9 de noviembre un reconocimiento del jurado del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. Por Raúl Zurita Es el anciano Príamo rogándole a Aquiles que le devuelva el cadáver de su hijo. El horror del mundo se ha encargado de reiterar esa escena incontables veces, con la salvedad de que en el poema Aquiles se apiadará de ese padre que llora abrazado a sus rodillas y le entregará el cuerpo de su hijo muerto. Las sobrecogedoras páginas de este libro nos hablan de cientos de seres: mujeres, hombres, niños, que fueron asesinados por el frente Fronteras de las Autodefensas Unidas de Colombia; cuyos cuerpos no fueron devueltos, que no encontraron la sanción básica, inscrita en el corazón de lo humano, de una sepultura donde sus deudos pudieran llorarlos. Más aún, que fueron desenterrados por sus mismos verdugos de las fosas comunes en las que los arrojaron e incinerados en hornos crematorios para que no quedasen trazas de sus restos. ‘Me hablarás del fuego’ fue escrito para que oyésemos las voces de esos cuerpos reducidos a cenizas, para que escuchásemos su existencia en lo más querido de nuestras existencias. Javier Osuna al escribir este libro ha expuesto su vida para que ellos nos contaran sus vidas, para que nos hablaran del fuego, para que nos dijeran que no han muerto: Las páginas de este libro son el testimonio vivo de seres humanos que no han muerto. Ninguna de las voces que hablan en estas páginas corresponden a la historia de seres humanos que necesitan de alguien para hablar por ellos, pueden hacerlo en su propio tono a través del testimonio de sus acciones en el pasado, de sus lazos emotivos con los seres que amaron. Están vivos, nos afirma Javier Osuna, y entendemos de golpe que una de las condiciones más paradojales de lo humano es que vivir es darles precisamente a las víctimas de lo humano la oportunidad de un final distinto. Ese y no otro es el testimonio de este libro; escuchar a los que fueron muertos, desmembrados, incinerados, y que danzan aún en sus cenizas contándonos de los seres y las cosas que amaron, de los paisajes que vieron, del cielo de la última mañana o de la última tarde que precedió a sus capturas, a sus tormentos, a sus asesinatos. Estas páginas testimonian el horror, el horror irreductible, irreparable, al mismo tiempo que muestran los vislumbres de una piedad y de una esperanza que anclada en esas cenizas invisibles nos dice que esa masa de polvo, mares, sangres y lágrimas que sin más llamamos el mundo tiene vocación de paraíso. Que lo que estaba escrito era la bondad y el amor, la solidaridad, que de eso hablan cada molécula de lo existente, cada célula de nuestros cuerpos, cada amanecer y cada noche, y que por eso mismo, porque la crueldad y el crimen no estaban decretadas en el holograma de lo existente, el asesinato es infinitamente más asesinato y el genocida es infinitamente más genocida. Cada línea de ‘Me hablarás del fuego’ nos está diciendo, nos grita, que aunque no existan palabras ni lenguajes que puedan describir la enormidad infernal de esos crímenes, el momento exacto en que un cuerpo martirizado, torturado hasta lo indecible, pasa a ser un cuerpo muerto; nosotros los sobrevivientes, un solo asesinado hace que la tierra entera sea una tierra de sobrevivientes, debemos encontrar esas palabras, debemos crear ese lenguaje, para poder decir el amor que ese cuerpo que moría no alcanzó a decir, para poder nosotros juntar las manos que no alcanzaron a juntarse, para despedir nosotros a los que no pudieron despedirse. Si hay una militancia, si hay una religión que cuente, ella no es otra que la de pronunciar las palabras que los muertos, los masacrados debían aún decir. Exactamente esa militancia y esa religión es la que nos hace presente ‘Me hablarás del fuego’. Al decirnos entonces que no están muertos, que ninguna de las voces que hablan en este libro corresponden a la historia de seres humanos que necesitan de alguien para hablar por ellos; Javier Osuna nos recuerda la cara a la vez sombría y radiante de un evangelio en el que, más allá de la irrealidad de la fe o de la descreencia, están contenidas nuestras vidas, nuestro amor sofocado, nuestro anhelo de una esperanza tan enorme como la magnitud de la desgracia. En un mundo de víctimas y victimarios, de asesinos y asesinados, de genocidas y ciudades exterminadas, Javier Osuna ha escrito un testimonio que vuelve a hacer presente la sentencia del evangelio, del evangelio de los más pobres, de los más postergados y sufrientes de Latinoamérica, el evangelio de la mayoría de los que fueron masacrados e incinerados por el frente Fronteras: y seguramente también el evangelio de los que los mataban: Yo soy la resurrección y la vida. Lo que este libro nos dice es que cada vivo es la resurrección y la vida de cada muerto. Eso, creo, es lo que se llama ser una humanidad. En un continente entonces donde la tortura, el asesinato, la desaparición sistemática de personas ha contado con el silencio, la anuencia o la complicidad de los poderes, al menos cuando no fue directamente una política de Estado, la memoria es el único privilegio que la vida puede alzar sobre la muerte. Porque la memoria no es solo la memoria de los crímenes que aquí se cometieron, sino también la memoria de los crímenes que se pudieron evitar y que no se evitaron. Nadie entonces que lea este libro está del todo exento de las denuncias que en él se formulan. Si podemos hablar de derechos humanos, de los derechos inalienables de absolutamente todos, incluidos los genocidas, los torturadores, los asesinos, es porque unas de las condiciones más implacables de estar vivos es que las consecuencias de los actos individuales, por menores que nos parezcan, jamás escapan de sus consecuencias colectivas y que los actos colectivos siempre tienen una resolución en la intimidad de cada individuo. En ese entramado de nervios y sangre que persistimos en denominar lo humano, cada uno de nosotros es actor no solo de sus acciones sino de las acciones de todos. Si tiene aún algún sentido hablar de una humanidad es por eso. No estamos implicados solo en nuestras faltas y yerros sino en todas las faltas y yerros, en cada pan que se repartió mal y en cada fruto que no llegó a destino, en cada guerra y heroísmo, en todas las flaquezas, sueños y delaciones de las que somos protagonistas desde el comienzo del mundo hasta que el último ser humano contemple el último de los atardeceres. Lo que Javier Osuna nos muestra entonces es que todo crimen es un genocidio y que en cada ser humano torturado o asesinado, se tortura y se asesina a la humanidad entera. Sobrevivientes diarios de una violencia que siempre nos concierne, no somos solo responsables por los caídos sino que también somos responsables por sus verdugos. Ellos no nacieron en un planeta desconocido ni en otra galaxia, sino en nuestras mismas ciudades y caseríos, frecuentaron y abandonaron las mismas escuelas que frecuentamos o abandonamos, se sentaron en los mismos bancos. El vislumbrar, aunque sea por un instante, que no solo pudimos ser una de las víctimas del frente Fronteras, sino que también pudimos ser uno de sus verdugos, es quizás el aprendizaje más doloroso que las sucesivas tragedias de nuestra historia nos enseñan. Desde lo más atroz e inconsolable del crimen y de la crueldad, Javier Osuna ha escrito un libro dolorosamente magistral, de una extraña y emocionada belleza que arranca, creo, del hecho de que no contiene odio, está el espanto, el horror, la conmoción, pero no el odio. Escrito con una valentía y honestidad ejemplares, nadie que lea puede sustraerse de la perentoriedad de su llamado. Al entregarle su voz a los desaparecidos, a cada una de las 560 personas que fueron inmoladas por el frente Fronteras (es decir, que fueron inmoladas en la tierra entera), les entrega también la voz a sus asesinos dándoles la posibilidad a los victimarios, sino de un perdón, sí tal vez la de emprender una nueva vida. Es algo concreto; quien escribió este libro ha sido amenazado, acosado, perseguido, incendiaron el departamento en que vivía y su vida corre peligro. Este libro lo leerán los que fueron victimarios y encontrarán aquí sus nombres. Algunos de ellos están a punto de cumplir sus condenas y saldrán pronto libres. A ellos les corresponde, más que a nadie, velar por su vida, cuidar de que no sea tocado. Será así, y con ello lo irreparable dejará de ser antónimo de la esperanza.

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