La paz: tiempo histórico, tiempo de la política

Son estos los tiempos históricos de la política. Son estos los “cuartos de hora” de los pueblos para dirimir futuros históricos. En tiempos de política, de la grande y no de la pequeña que se resuelve en los conciliábulos y recintos del poder, no hay nada preestablecido, todas las bifurcaciones son posibles; sólo deciden las correlaciones de fuerzas, no sólo en términos de antagonismos, sino también de articulación y de cooperación.

Fuente de la imagen: http://www.nuevatribuna.es

por Jaime Rafael Nieto

El fin de las negociaciones en La Habana entre el Gobierno y las guerrillas de las FARC y el consiguiente anuncio del Acuerdo Final que pone término al conflicto armado entre las partes, le ha marcado un ritmo acelerado al proceso de paz. Es como si repentinamente, de tanto soplar el fogón, brotara una llama decidida, altanera y vigorosa. Los acontecimientos se han precipitado de manera tan súbita que contrasta con la lentitud y la parsimonia que han caracterizado estos cuatro años de negociación, tiempo abonado para el escepticismo, la exasperación y la descalificación del proceso a manos del uribismo. Son los contrasentidos propios del tiempo de la política, tiempo de condensación de fuerzas, de disputas y de resonancias estratégicas, que parecen desdibujarse con los tiempos entrecruzados de los momentos de distensión o de dilatación. Con el tiempo rápido no sólo se precipitan las decisiones y los nuevos escenarios de la política, sino también el optimismo en la posibilidad de abrir nuevos caminos. No es nada nuevo. Suele ocurrir con los tiempos en los que la política se convierte en la dimensión estratégica, ya no de la rutina social, sino del futuro posible.

El tiempo rápido del Acuerdo Final de paz ha terminado imponiéndose sobre el tiempo lento de la negociación. Pero sin esta última no hubiera sido posible el primero. El 23 de junio se anuncia desde la Mesa de La Habana el cese al fuego bilateral y definitivo entre el Gobierno y las FARC, el 18 de julio la Corte Constitucional autoriza la convocatoria del plebiscito como mecanismo de refrendación del Acuerdo Final, y en el mes de agosto el Presidente Santos anuncia para el 2 de octubre la convocatoria al plebiscito, este mismo mes de agosto, preñado de anuncios de futuro, de nuevo el Presidente Santos define la pregunta que será sometida a plebiscito, seguidamente el Consejo Nacional Electoral determina criterios y reglas de juego para la realización de las campañas para la refrendación o no de los Acuerdos de Paz y las partes anuncian para el 26 de septiembre la firma protocolaria de los mismos en la emblemática ciudad de Cartagena. Como si lo anterior fuera poco, la Corte Suprema de Justicia concede la libertad al profesor Miguel Ángel Beltrán, blanco de la persecución política del Procurador al pensamiento crítico, y ese mismo Procurador, uribista, portaestandarte del pensamiento colonial hispano-católico, enemigo cerrado del proceso de paz, debe abandonar su cargo por decisión del Consejo de Estado, que anula su designación. La cuesta rauda del proceso de paz avanza, imparable. También el debate y la controversia política. El ambiente político se caldea y se carga. La onda expansiva se acrecienta progresivamente. Mentiras y aclaraciones se trenzan. La polarización también. La política parece habitar de nuevo los corazones y las mentes de la ciudadanía. De la Mesa de La Habana pasa a los medios, de los medios a las redes sociales, de éstas a las calles, de las calles a los recintos universitarios, a los foros públicos, a las reuniones de los gremios y a las asambleas de sindicatos y organizaciones sociales, ni siquiera la familia, el espacio por excelencia de lo privado, queda por fuera de esta dinámica envolvente.

Está en curso un proceso vasto y vigoroso de deliberación ciudadana, de repolitización del país, que desborda los recintos oficiales y los partidos. La política, como árbol en flor, se desparrama capilarmente por el tejido social. Empieza a recobrar su sentido y a enredarse entre las manos de los ciudadanos. Como nunca antes después de la amarga experiencia de clientelismo y militarización del Frente Nacional, el país empieza a redescubrir el valor de la política, como el lugar estratégico desde el que se renuevan las posibilidades de un nuevo orden o la perpetuación del viejo. Y no es para menos. Como se ha dicho en otro lugar, por primera vez los colombianos, después del plebiscito que dio origen al Frente Nacional y cerró la “violencia” liberal-conservadora de mediados del siglo XX, tienen la oportunidad histórica de decidir sobre la guerra o la paz, de encarar por primera vez la posibilidad de cerrar definitivamente un ciclo histórico de guerra y de violencia de más de cincuenta años, con su cortejo de destrucción de vidas humanas, de tejido social, de liderazgos sociales, de despojos y humillaciones, de vulneración a las libertades, así como de destrucción de bienes materiales colectivos e individuales.

El Acuerdo Final logrado entre las partes y la convocatoria a refrendación plebiscitaria de los mismos, significan la oportunidad que nos damos los colombianos para recomenzar y recobrar el optimismo en un nuevo país, en el que la política no esté más conjugada con la violencia, en el que el miedo a ser criminalizado por pensar diferente sea desterrado, en el que las luchas democráticas y sociales y sus liderazgos naturales puedan irrumpir y florecer plenamente en un ambiente político y social realmente democrático, pluralista, en el que no sea arriesgado crear sindicatos ni organización popular, ni potenciar la protesta, ni sembrar la tierra, en el que el cuantioso presupuesto destinado a la guerra pueda ser invertido en educación y salud para los colombianos. Esta es la importancia política e histórica del tiempo que vivimos. Qué tanto de lo viejo se resistirá a perecer, qué tanto de lo nuevo terminará floreciendo, es algo que sólo en la política se encontrarán sus respuestas.

Una primera prueba de fuerzas lo será la convocatoria plebiscitaria del 2 de octubre (lo de cerca). Pero la prueba no podrá ser un momento de cierre, de conclusión, como lo quiere el Gobierno y lo desea la élite, sino de apertura, de politización en permanencia. Asistimos sin duda a la posibilidad de un quiebre en la trayectoria histórica, de un momento posible de transición, en el que serán múltiples y contradictorias las apuestas de los actores concernidos. En este espectro, conviene no perder de vista que estamos frente a un gobierno del gran capital nacional e internacional y que su apuesta por el sí en el plebiscito es una apuesta mezquina, restringida y sin cambios sociales. Su propósito es lograr simplemente el desarme de la insurgencia para garantizar mejores condiciones para la inversión y la acumulación de capital y así mismo legitimar el régimen, cerrando las compuertas de la política, como ocurrió con el Frente Nacional y con la Constitución de 1991 una vez promulgada.

La apuesta de lo político-popular debe ir más allá de lo cercano, ni siquiera limitarse a la garantía de la implementación y realización de los Acuerdos de Paz. Es la apuesta por avanzar en la construcción de un movimiento social y político de largo aliento, vigoroso, sostenido en el tiempo, orientado hacia las grandes transformaciones democráticas y sociales que requiere el país, y que no cupieron en La Habana. El sí por el plebiscito es la oportunidad para que los colombianos pongamos en el primer plano del debate político la urgencia de la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente, Democrática y Popular, con capacidad para encarar los grandes desafíos de Colombia en términos de soberanía nacional, justicia social y democracia para todos (lo lejano), en la que desaparezca la letanía conservadurista que presidió la negociación de La Habana según la cual “el modelo económico, el sistema político y las FF.AA.” son intocables. Sin embargo, nada de esto sería posible sin una reconstrucción radical y amplia de sujetos constituyentes. No puede repetirse la esperanza anegada en sangre de la Unión Patriótica (UP), pero tampoco la frustración de la Constitución de 1991 nacida sin sujeto.

Son estos los tiempos históricos de la política. Son estos los “cuartos de hora” de los pueblos para dirimir futuros históricos. En tiempos de política, de la grande y no de la pequeña que se resuelve en los conciliábulos y recintos del poder, no hay nada preestablecido, todas las bifurcaciones son posibles; sólo deciden las correlaciones de fuerzas, no sólo en términos de antagonismos, sino también de articulación y de cooperación. Cuál será el futuro posible convertido en proceso real, dependerá de la capacidad de los actores no sólo para confrontar sino también para construir bloques históricos de poder. De ahí la importancia estratégica de la dirección intelectual y política o de la hegemonía, como diría Antonio Gramsci. Esta disputa por la hegemonía histórico-política es un desafío enorme para los subalternos y se define no sólo respecto del adversario, sino también respecto del bloque histórico-político que se articula. Por consiguiente, es este también el tiempo en el que se juega la posibilidad de un nuevo liderazgo. No se puede ir muy lejos sin atender plenamente lo más cerca y no se puede atender lo más cerca sin fecundarlo de lo lejano.

artículo fue publicado el 14 de Septiembre en: http://palabrasalmargen.com/index.php/articulos/nacional/item/la-paz-tiempo-historico-tiempo-de-la-politica?category_id=138

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