Presunta Tortura en Puerto Triunfo durante el Día contra la tortura

Mientras el reloj apenas marcaba para esta parte del mundo, el Día Internacional en que las Naciones Unidas y otras organizaciones a nivel mundial nos solidarizamos con las Víctimas de la Tortura y Otros Tratos Crueles, Inhumanos y Degradantes, presuntos hechos de este tipo se cometían en el Establecimiento Penitenciario de Puerto Triunfo, en el Departamento de Antioquia, más conocido como “El Pesebre”.

El Señor Libardo Morales es un Preso Social confinado en el patio 7 de El Pesebre, quien como consecuencia de un accidente de tránsito ocurrido cuando gozaba de su libertad, sufrió un desgarre de su clavícula derecha, siendo desde entonces precaria la movilidad de su brazo en ese costado.

El día 26 de junio, Libardo emprendía un viaje que tal vez consideró como unos pasos hacia su libertad, por el “paseo” que suele ser para los presos de El Pesebre las remisiones que algunos tienen hasta Medellín para diligencias judiciales, lo cual, a través de las rejas, que también tienen la mayoría de los vehículos carcelarios, permite ver algunos paisajes diferentes a los muros de la prisión, así como gente distinta a los guardias y las caras tristes de sus compañeros de presidio.

Pero además, Libardo llegaría a Medellín para conocer la decisión que había tomado el Tribunal Superior de Antioquia, acerca de un recurso de apelación que interpuso su defensa, en contra del fallo condenatorio del que fue objeto.

Sin embargo el viaje de Libardo tuvo un mal comienzo, aún antes de que se encendieran los motores del vehículo que luego sería triste escenario de indignación e impotencia. Cuando se pretendía llevar a cabo el operativo que diera inicio a su traslado y el de 4 presos más, el cabo de apellido Bravo del INPEC, quien despachaba la remisión, pretendió esposar de pies y manos a los presos que serían remitidos; Libardo, como reflejo de un bello ejercicio de resistencia de los Presos Políticos y Sociales ante lo avasalladora que es la prisión y sus dinámicas, había escuchado y adoptado como propia la idea cierta de que tal tipo de esposamiento debe ser excepcional y puede llegar a constituir tratos crueles y degradantes.

Por eso Libardo, alentado además por la movilidad reducida en su brazo derecho, dice que manifestó al cabo Bravo, de la manera más respetuosa, que no estaba dispuesto a que sus pies fueran atados.

En una tónica completamente diferente, cuenta Libardo que el cabo Bravo hizo gala de su apellido y respondió de manera alterada, diciendo que quien “mandaba” ahí era él mismo, más no el preso, pero además, solicitó el “refuerzo” de aproximadamente 20 guardianes del INPEC, para obligar a Libardo a ponerse los mencionados grilletes.

Libardo al ver que le era negado incluso su derecho a manifestar su desacuerdo, simplemente dejó que los guardianes pusieran los grilletes, quienes lo hicieron con total naturalidad y sin que hubiese ningún tipo de enfrentamiento.

Hasta allí, Libardo sentía herido su orgullo, por la respuesta altanera del cabo, pero lo peor estaba por venir; una vez estuvo maniatado de pies y manos, el cabo Bravo procedió a golpearlo con puños y patadas en su cuerpo, ordenando además a los otros guardianes del INPEC, que fuera cargado y subido al vehículo que lo traería a Medellín.

Según dijera Libardo indignado, que como si fuera poco, una vez estuvo en el interior del vehículo, el cabo ingresó e hizo bajar a los otros presos que serían remitidos y ordenó que estos fueran encerrados en un cuarto del establecimiento.

En complicidad con la soledad y la indefensión de Libardo, el cabo Bravo, sin mediar palabra,  procedió a golpearlo nuevamente en el pecho y en las piernas con puños y patadas, cuidándose siempre de no golpear la cara del preso y no dejar rastros tan evidentes de su abuso.

Paradoja absurda que cuando el sol apenas iluminaba el día en que, al menos en la memoria, muchos hacemos un homenaje a las víctimas de la tortura por su sufrimiento y abogamos por el fin de estas prácticas, el cabo Bravo oscureciera la mañana de Libardo con una paliza cobarde y abusiva.

La Convención Contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanas o Degradantes, en su artículo 1, como «cualquier acto por el cual se inflinge intencionadamente un daño severo, tanto físico como mental sobre una persona, con el propósito de obtener de él/ella o de una tercera persona información o una confesión, castigarlo por un acto que él/ella o una tercera persona ha cometido o es sospechoso de haber cometido, o intimidar o coaccionar a esa persona o a una tercera persona, o por cualquier razón basado en discriminación de cualquier tipo, cuando dicho dolor o sufrimiento sea inflingido por un funcionario público u otra persona en el ejercicio de funciones públicas, a instigación suya o con su consentimiento o aquiescencia».

Si bien la legislación internacional no ha definido una lista taxativa de comportamientos que constituyan Torturas u otros Tratos Crueles Degradantes e Inhumanos, cuando la intencionalidad de dichas conductas es infringir dolor severo, físico o emocional, alentado el actor en castigar a la víctima cualquier tipo de discriminación contra esta, se está ante una flagrante vulneración de los derechos humanos, contra la esencia misma del ser humano.

Ya corresponde a las autoridades penales y disciplinarias determinar la gravedad jurídica del comportamiento del cabo Bravo, según lo contado por Libardo y atestiguado por algunos guardias y otros reclusos, pero nunca la norma y el castigo, que paradójicamente recibiría el guardia castigador, es capaz de equilibrar la balanza en la indignación que sufre Libardo por recibir tamaña golpiza por simplemente “atreverse” a apenas sugerir un tratamiento acorde con su dignidad.

Fundación Comité de Solidaridad con los Presos Políticos
Seccional Antioquia

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